martes, 6 de agosto de 2013

Desprecio de ciudad y alabanza de aldea

¡Hace más de dos semanas que no publico una sola entrada, ni añado ni un gadget, ni nada de nada! Pero, señores linchadores, deténganse antes de que sea demasiado tarde. ¡Tengo una buena razón! He estado de naturalista-aventurero-correcaminos-historiador-filósofo en mi pueblo. Y alrededor de éste. Así es, ya sabéis una cosa más de mi: me encanta el campo, la Naturaleza, los animales y las plantas, los bosques, las montañas, los ríos... Es más que placentero abandonar la ruidosa y contaminada ciudad, los gases de los coches, el humo del tabaco, las luces por todas partes... y pasar unos días entre montañas. 
  En estos días de campo, he salido a caminar varias horas al día, pero ¡no me cansaba! No es como caminar por una ciudad, aunque sea por la margen del rio. Es diferente. Es, para mí, mejor. Ser como un intruso entre altos árboles, caminando despacio y tranquilo para no asustar a los pájaros que en ellos se cobijan y escuchar con atención y placer sus bellos y agudos cánticos; tumbarse en los prados verdes, de hierba fresca, con mosquitos encima de tu cabeza; asomarse al río, escuchar tan sólo el rumor de las aguas, éstas sí limpias, y poder ver la superficie, esas grandes y pequeñas piedras siempre mojadas y, con suerte, quizás al caer la tarde ver saltar alguna trucha o algún barbo en busca de mosquitos; pararse de súbito a oler el aroma de la hierba recién cortada, de un trozo de tierra llena de manzanilla, o inspeccionar un abejorro robándole con cuidado todo el néctar a una hermosa flor. 
  Éstas son algunas de las cosas y maravillas que te ofrece el campo. Para mí, esto es vida. Esto es vida tranquila, es vida relajada, es vida despreocupada, es vida sana, muy sana, y es vida que merece la pena vivir alguna vez. Sin embargo, quedan pocas personas, y sobre todo jóvenes, que sientan esto mismo que yo siento. Yo, al menos, conozco pocas. Sé de mucha gente que acude cada verano a sus pueblos; también sé que esta gente va, principalmente, para hacer travesuras, beber como cosacos, y hacer salvajadas en las fiestas (cosas que no pueden, en muchas ocasiones, hacer en las ciudades). Y espero equivocarme. Porque un pueblo es sus fiestas, con sus verbenas por las noches y sus copas; pero también un pueblo es sus tradiciones, a menudo olvidadas, y a menudo sorprendentes; también un pueblo es sus calles y casas, muchas nuevas con jardines verdes, y otras caídas, deslavazadas, vestigios de tiempos que se presumían mejores, tan sólo unas paredes y una enorme vegetación inundándolo todo, como susurrando olvido, descuido, melancolía, y esos escudos orgullosos, algunos centenarios, ya desconocidos para la mayoría del pueblo; también un pueblo es sus animales, esas vacas que pasan por las mañanas por las calles y dejan su huella impregnada en el suelo, esas cigüeñas que, por más que nos empeñemos, seguirán haciendo su nido en la torre de la iglesia y comiendo en los prados que son regados, esos perros, fieles, guardianes de los rebaños, esos gatos de amenazantes ojos que se te cruzan por las calles o te miran desde tejados caídos, esas lagartijas, revoltosas, avispadas y rápidas que constantemente intento pillar y que a veces consigo; un pueblo es también, y sobre todo, su gente; gente vieja, gente joven; antiguos pastores, panaderos, alcaldes, botiqueros... que pasean y paran, y observan, y recuerdan, y hablan y toman algo en un bar y vuelven a pasear, y cuentan historias de cuando la Guerra, y de las familias, y mil anécdotas que nos hacen reír a los jóvenes y nos siembran, como hacían ellos antes con sus manos, y ahora con las palabras, fuentes de vida, la simiente de la curiosidad y la raíz de la nostalgia, una nostalgia ficticia, recordando algo que no hemos vivido en directo, pero de lo que nos sentimos, no importa, también presentes, participantes, personajes, porque, al fin y al cabo, es nuestro pueblo; y gente joven, proveniente de ciudades, que ya no saben lo que es vivir todo el año en un pueblo, viendo el sol del verano y las cabras y la nieve y las heladas del invierno, pero que aún mantiene la ilusión de sus padres o abuelos, su casa y recorre sus mismas calles y ve las mismas estrellas. Un pueblo es el lugar donde acaba tu árbol genealógico, donde echa raíces tu familia; un pueblo es el lugar donde acudes cuando buscas tranquilidad y desconexión; un pueblo es el lugar adonde vas cuando quieres disfrutar de la montaña; un pueblo es el lugar adonde vas cuando buscas gente amable, cordial, relajada.
  Es difícil expresar con palabras lo que significa un pueblo para mí. Yo sólo he conocido y frecuentado uno de mi familia con regularidad. Hasta hace poco no me gustaba, pero desde que fui este año, he vuelto a retomar la ilusión y los sueños de mi cansado y ocupado padre y compartir la felicidad de mi familia que allí habita. Hace poco, cuando oía a gente hablar como lo he hecho yo ahora, poco menos que me reía de ellos. Ahora, mirad el título de la entrada. Este cambio se debe, en parte, a mis clases de Lengua y Literatura, al Renacimiento y a mi profesor de Lengua; a la Filosofía, que me enseñó lo bonito que es el mundo físico, y los animales y los fenómenos naturales, y desarrolló mi curiosidad; al retorno a mis raíces, es decir, a mi pueblo, este verano; y a la redescubierta afición por el monte.
  Tampoco estoy rechazando las ciudades. Está claro que son necesarias, que vivimos en ellas y que no por ello debemos despreciarlas. Tan sólo intento alabar los pueblos, pues son refugio de tradiciones, familias, descanso, y son el germen, las células, de nuestro país.
  España es país de pueblos.
  
ÁngEl

2 comentarios:

  1. He leido unas palabras q me impresionan de tan solo leerlas y escuchar tu voz en mi cabeza, son muy grandes, para mí has sido capaz de expresarte con toda naturalidad. Eres un gran crack y sabes q t adoro... Todos tenemos paranoias, pero para nada esto lo es. Sigue escribiendo, que recibiré tus palabras con los brazos muy abiertos. Un fuerte abrazo. Y que sepas que me ha encantado la entrada, y tu aldea. Y todos las aldeas q hagan desconectar, al menos mi pueblo vale para eso, para distanciarte...

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  2. Muchas gracias Pablo por tu comentario y por tus palabras. Solo por leerlas seguiré escribiendo aqui mis grandes ideas locas, aunque no tenga demasiado tiempo.
    Un fuerte abrazo.

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